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El verde

Cuando observamos el campo al amanecer, cuando la luz dorada ilumina las hojas y el rocío brilla como pequeños diamantes, estamos presenciando algo más que un simple paisaje. Estamos contemplando un diseño magistral, una sinfonía de vida orquestada con precisión divina donde el color verde es el protagonista indiscutible..


Historias de vida

El Camino que me Llevó de la Tierra a la Vida


Hay recuerdos que se graban en el alma con la misma firmeza con la que las raíces abrazan la tierra. Los míos más preciados nacen en aquel pedazo de campo donde vivía mi abuelita, donde las vacaciones no se medían en días sino en atardeceres dorados y amaneceres que olían a rocío. Allí, entre sembradíos y árboles frutales, aprendí mi primer idioma: el de la naturaleza.
Esos veranos interminables moldearon mi destino sin que yo lo supiera. Cuando llegó el momento de elegir un camino profesional, la decisión fue casi instintiva: agronomía. Quería entender los secretos del suelo, descifrar sus leyes, conocer la ciencia detrás de esa magia que había presenciado de niño. Me sumergí en libros, laboratorios y campos de cultivo, convencido de que había encontrado mi propósito.
Pero la vida tiene una forma curiosa de mostrarnos que a veces sabemos menos de lo que creemos. A pesar de mi formación y conocimiento técnico, algo en mi interior permanecía inquieto. Sentía que dominaba las reglas del juego, pero no comprendía realmente su esencia. Me faltaba algo, aunque no sabía qué.
Entonces llegó la tormenta que cambia todo: mi papá enfermó de cáncer. Esos meses fueron un torbellino de hospitales, tratamientos y la dolorosa certeza de que el tiempo se nos escurría entre los dedos. Cuando partió, dejó un vacío imposible de llenar, pero también una pregunta silenciosa que resonaba cada día más fuerte: ¿qué estoy haciendo con mi vida?
En medio del duelo, hice algo que no había planeado: comencé a cultivar mis propios alimentos. No como agrónomo, sino como hijo, como nieto, como alguien que necesitaba reconectar con algo real y tangible. Regresé a lo básico, a meter las manos en la tierra sin guantes ni fórmulas complicadas.
Y entonces sucedió lo extraordinario.
Me dediqué a estudiar e investigar con una pasión renovada, pero esta vez no solo desde los libros. Experimentaba, observaba, escuchaba lo que las plantas me decían. Los resultados comenzaron a mejorar, y con ellos llegó algo inesperado: sabores. Sabores que creía perdidos para siempre, esos que solo existían en mi memoria de las cosechas de mi abuelita. El tomate que sabía a tomate, el maíz dulce como ninguno, las hierbas aromáticas que perfumaban el aire.
En ese momento lo comprendí todo.
No me faltaba conocimiento técnico; me faltaba conexión. Me faltaba entender que las plantas no son solo organismos que responden a nutrientes y agua, sino seres vivos que forman parte de un sistema perfecto, de una creación asombrosa donde cada elemento tiene su propósito. Descubrí que su aporte a la vida va mucho más allá de alimentarnos: nos enseñan paciencia, nos conectan con ciclos más grandes que nosotros mismos, nos recuerdan que somos parte de algo sagrado.
Encontré la felicidad donde menos la esperaba: en el silencio de un huerto, en la espera paciente de una semilla que germina, en el milagro cotidiano de la fotosíntesis. La agronomía me dio herramientas, pero la vida me dio propósito.
Hoy cultivo no solo alimentos, sino también gratitud. Cada cosecha es un reencuentro con mi abuelita, con mi papá, con ese niño que corría descalzo entre surcos. Y cada día agradezco haber encontrado ese «algo más» que me faltaba: la comprensión profunda de que cuidar la tierra es, en realidad, cuidar la vida misma.
Porque al final, todos venimos de la tierra y a ella volvemos. Y en el tiempo que tenemos entre medio, qué privilegio es poder honrarla, conocerla y dejarnos transformar por su sabiduría infinita.

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